En el momento en el que comenzamos a andar comencé a temer por mi vida. Las hojas secas bajo mis pies semejaban una gran pista de patinaje. Caminábamos a buen paso, no queríamos que se nos hiciera de noche antes de llegar al Monasterio, pero no por ello manteníamos la boca cerrada. Era mucho mejor ir hablando de cualquier tontería, escuchando los ruidos de los animales que habitaban la fraga, aun sin verlos, que ir en completo silencio escuchando como cada vez la respiración se volvía mas costosa. Tanto sillonball es lo que tiene. Tras una caminata de una hora y media aproximadamente subimos hasta el monasterio. Mas cuesta, un tanto empinada pero el lugar valió la pena. Y mucho. No me esperaba nada semejante a decir verdad. El monasterio de Caaveiro era un lugar precioso, tranquilo, y bien conservado si tenemos en cuenta sus circunstancias. Un lugar del que se cuenta una bonita leyenda que podréis escuchar a continuación.
Ya habiamos terminado de comer la tortilla amarilla tan rica, y las truchas. Manjar de dioses me atrevería a decir, casi sin temor a equivocarme. El cielo seguía gris y encapotado, pero todo se veía mejor ahora que teníamos el estómago lleno, a pesar de que las perspectivas de caminar tanto solo me atraían a mi por la pura curiosidad de ver el monasterio de Caaveiro, y a mi madre por el ejercicio. Es decir, que las mujeres de mi familia somos las únicas sanas, o al menos lo intentamos. Ya en la carretera, mi padre puso un disco de Pink Floyd, el que tenía la que yo consideraba (y considero) como la mejor balada: "Wish you where here". Quiso la suerte, o el destino, que comenzase a sonar cuando estábamos justo por encima del puente de Pontedeume. Ya había pasado demasiado tiempo callada. Era hora de contar una historia acerca de aquel lugar.